De Principio a Fin
- Jan 1, 2005
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En pocos días estaremos celebrando, como en todo año, el fin y comienzo de un nuevo año. Éste ciclo tiene cognotaciones espirituales, tradicionales, religiosas y hasta económicas y políticas. Es un ciclo que marca la vida cultural y social de los seres humanos todos, no importa cual es el calendario rigente. Para nosotros, el mes de Tishrei simboliza el comienzo, nada más y nada menos, del mundo mismo. Este mensaje universal es, sin lugar a dudas, el legado más importante del Tanaj a todas las civilizaciones humanas.
La medida del tiempo
Los seres humanos han medido el tiempo desde siempre. En las famosas cavernas francesas, donde se han encontrado las más antiguas pinturas prehistóricas, una mano de un adulto y una mano de un niño fueron dibujadas en las paredes hace más de 35000 años. Junto a este dibujo, se encuentran dibujos más complejos aún, escenas de cazería, pinturas que reflejan animales, etc. Su propósito inmediato, el cual ignoramos, nos es insignificante, lo verdaderamente importante es que estos hombres y mujeres primitivos, que vivían en cuevas, carecían de la palabra escrita y de la agricultura básica, entendían el concepto de la posteridad, el futuro y por ende el pasado. Medían el tiempo a su forma, seguramente por el paso de las estaciones, el nacimiento y muerte de miembros del clan y catástrofes naturales importantes. Todos estos elementos existen aún hoy, en nuestras sociedades, tan avanzadas tecnológicamente, tan alienadas, aún seguimos recordando eventos importantes en nuestra historia personal y social, como puntos que resaltan en una línea infinita. Poco importa si creemos en que la Torá fue dada a Moisés por Dios en el Sinaí o que fue escrita casi siete siglos después en Jerusalem durante la época del Rey de Judea Josaphat, todos sabemos que calendarios y medidas de tiempo existían mucho antes de la existencia de la cultura nacional israelita. Los Canaaneos, los Egipcios y los Sumerios, todos medían el tiempo, dividiéndolo en días, meses y años, basados en los ciclos lunares y solares. Nuestro calendario que comienza en Tishrei y termina en Elul, es una variante elaborada del calendario sumerio-babilónico, e inclusive conserva hasta hoy en día parte de los nombres originales como Kislev, Jeshván y Nisán. El desarrollo y evolución del calendario es un tema fascinante, objeto de muchas investigaciones y estudios a nivel mundial. Nosotros nos concentraremos en el dilema del contenido, más que en el tema etiológico y antropológico. Cuando la nación israelita adoptó el calendario babilónico, lo hizo no sin cambiarle el contendio de forma rotunda, de acorde al nacimiento y desarrollo paulatino del monoteísmo ético judío, que hacía erupción en el mundo del medio oriente. Así, mientras los sumerios celebraban durante el primer día de cada año la renovación de un contrato cósmico entre el Rey y los dioses, los primeros hebreos tuvieron que convertir este mensaje en un mensaje monoteísta, donde el único verdadero Rey es Dios mismo, y donde está prohibido alabar a seres humanos, sean quienes sean. La solución, que casi naturalmente comenzó a tomar forma en un proceso que llevó siglos, tomo como objeto de veneración el propio acto de la creación. Debemos entender que todas las culturas antiguas (y las modernas también), contienen un mito de creación del mundo, creación del universo y creación del hombre, pero ninguna había puesto estos valores como objeto de veneración y recuerdo. Más aún, no la creación en sí es el objeto de veneración, sino el acto divino de la creación; los actos de Dios son los venerados y no los resultados de esa acción. Las consecuencias son inmediatas, de ahora en más los años medidos son los años desde la creación del mundo. Así, la medida del tiempo toma un nuevo rumbo. Por un lado se consolida la unidad del año como unidad básica de referencia a medio y largo plazo, y por otro se llena esta técnica astronómica y matemática de contenido religioso y nacionalista. Pero lo realmente revolucionario está por venir...
Creación sin discriminación
En el principio los dioses crearon a Helen y Pandora. Ellos serían los patriarcas de la gran nación griega. Las piedras arrojadas hacia atrás por Helen durante su camino, se transformaban en seres humanos, cada uno el patriarca de algún otro pueblo, minorizado a una simple piedra que Helen arrojó. El mito griego de creación separa la creación del mundo y la creación del hombre, son dos relatos aislados, diferentes (véase la Teogonía de Hesíodo). El mito judío, en sus dos versiones (la de Génesis I y la de Génesis II) no separa al hombre del resto de la creación. Los relatos son continuos y el hombre es parte de la creación general. Tal vez especial y diferente, por lo menos en la primera versión, en la cuál es creado el sexto y último día de trabajo de Dios, como obra final y elevada. Pero aún así, parte de una creación mayor, que incluye toda cosa viva y no, todo lo que existe sobre la tierra y lo que existe fuera o por enciama de ella. Más allá de esto, si continuamos con esta comparación, lo más obvio que salta a la vista es, claro está, que Adán y Eva no son Helen y Pandora. Adán y Eva no son judíos, ni griegos, ni nada (más aún recordemos que el pueblo judío como tal, consolidado desde el punto de vista de identidad, aparece muy tarde en la temporalidad narrativa de la Torá, solamente con el libro del Éxodo y el pueblo siendo esclavo en Egipto). Adán y Eva representan al ser humano en su forma más virginal, más básica y natural, con su aferro al mundo incorrupto, ya que su único contacto con la creación misma es el diálogo contínuo con Dios, sin mediadores religiosos, astrológicos, políticos o económicos. Todo hombre y mujer pueden identificarse con Adán y Eva, indistintamente de su procedencia o creencia. Este mensaje universal es, de alguna manera, un mensaje universalista, es decir, el hecho de que Dios, el Dios único, el Dios que ha sido descubierto por los judíos, sea aquel que haya creado el mundo todo, desde sus orígenes, se adapta a la visión monoteísta de aquellos que redactaron los primeros versículos del Génesis. No obstante, podrían haber elegido incluír algún mensaje nacionalista o delatador, pero no lo hicieron. En ninguna de las dos versiones de la creación existe algo, algún elemento, que vincule a la creación o a sus personajes, Adán y Eva, con algo judío, israelita o hebreo. Para terminar con esta furtiva comparación, recordemos que Pandora, la Eva griega, tenía una caja llena de sentimientos y emociones, que liberó y llenaron el mundo. Adán y Eva nacen con el libre albedrío, con el poder de elección, y eligen si hacerle caso o no a la serpiente, y comer el fruto prohibido o no. No es necesario liberar a los sentimientos de una caja, éstos ya están dentro de Adán y Eva, los cuales solamente deben ponerlos a trabajar. Es decir, el mito bíblico comienza con la premisa de la existencia del alma, mientras que el mito griego no. Esto es otro elemento, interesante, que resalta el universalismo de la mitología de creación tanájica. Todas las culturas y religiones, de alguna u otra manera, han llegado al concepto de alma o espíritu, sin entrar ahora en detalles del posible significado que tal concepto abarca. Para resumir, diremos entonces que tanto en la creación del mundo y la naturaleza, en la creación del ser humano, y en la creación de la esencia humana, los relatos en Génesis nos proveen una mirada universalista e igualitaria del mundo.
Dos versiones, un relato, un mundo
Es cierto que las dos versiones de la creación, Génesis I y Génesis II, son distintas y aún, tal vez, se contradicen. La primera versión (capítulo I y los primeros tres versículos del capítulo II), donde Dios es llamado Elohim (en el original sin vav אלהים), es la obra de alguien obsesionado con el sábado y con los números. Cada día pasa algo distinto, seis días son contados para llegar finalmente al séptimo y glorioso día de descanso, el objetivo de toda la narración. Solamente ese día, al final, es posible contemplar la creación de los pasados seis días. El hombre es creado el sexto y último día junto a los animales terrestres. El resto de los animales (peces, pájaros y anfibios) fue creado ya durante el quinto día. Podría haberse dedicado un día sólo para el hombre, pero no. El sexto lo comparte el hombre con los animales terrestres. Más aún, lo único especial durante la creación del hombre es "a imagen y semejanza" y el hecho que Dios destina al hombre a dominar sobre el resto de los animales ya creados. Y Dios bendijo al día séptimo, no al sexto cuando creó al hombre, sino al séptimo, cuando Él descansó. Es un cuento completamente teocéntrico, donde el hombre es un elemento más, un poco diferente al resto, pero nada del otro mundo. La segunda versión (desde el capítulo II versículo 4 en adelante), donde Dios es llamado Jehová Elohim (en el original יהוה אלהים), es una obra completamente antropocéntrica. El hombre y su creación son el objetivo de la narración. No lo son los animales, ni las luminarias del cielo, ni los mares y océanos. Tampoco, claro está, lo es el día séptimo, que ni siquiera es mencionado. Génesis II se trata de la vida del hombre en el fantástico Jardín del Edén, cuya ubicación geográfica se da de forma detallada, que nos suena tan parecido a los jardines de los Hiperbóreos y a las manzanas doradas. La creación en sí se nombra en pocas palabras. El hombre, en esta versión, es creado macho, y luego es creada la hembra, mientras que en la primera son creados los dos sexos simultáneamente. El autor trata de describir para los lectores la situación y comete un error literario: en el versículo 5 se habla del hombre, mencionando que no podía harar la tierra como una herramienta para describir este panorama virgen y primitivo, mientras que el hombre es creado solamente en el versículo 7. Más aún, la creación del hombre es mucho más detallada y meticulosa. Todas estas diferencias y contradicciones, que hemos tratado de resumir, son también, desde cierto punto de vista, un intento de completar ciertas imágenes parciales presentes en cada relato por separado. Históricamente es de suponer que las tradiciones orales con respecto a la creación contenían varias versiones, de diferentes orígenes, fundamentalmente fuentes sumerias-babilónicas, fuentes canaaneas y fuentes egipcias. Las dos versiones son un intento de reconciliar entre diferentes tradiciones existentes y contradictorias. Por supuesto, que para aquellos creyentes religiosos que no acepten tal explicación, existen otras formas de exégesis que tratan de llenar ciertos vacíos de manera particular para cada punto problemático, pero, desde mi modesto punto de vista, no oferecen una visión general y amplia de los relatos.
La celebración de la creación
El festejo de Rosh Hashaná es un fenómeno social y cultural absolutamente fascinante. Básicamente, la familia se reúne para celebrar la creación del universo y del mundo. Hoy en día este mensaje toma nuevos rumbos. Sabiendo que nuestro planeta está bajo amenaza inminente de un cataclismo total, a causa del calentamiento global, la contaminación y la polución, abrimos el Génesis y leemos que nosotros, los seres humanos, todos, somos parte del planeta, parte de la creación. Los relatos del Génesis nos hacen recordar que vivimos en un mundo que tiene cierto orden del cual somos parte. Por otro lado los mismos relatos no hacen recordar que como seres humanos contamos con el libre albedrío, la capacidad de decidir nuestro rumbo por nosotros mismos. Éstos dos elementos, se combinan para que tal vez, antes que sea demasiado tarde, adoptemos una visión responsable de nuestro impacto sobre nuestro mundo, sobre esta creación de la que somos parte.
Shaná Tová,









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