El Tanaj, una cuestión de responsabilidad
- Jan 1, 2005
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La responsabilidad es un tema importante en el judaísmo. Tanto, que el Tanaj le dedica libros enteros.
Durante las últimas semanas, desde la culminación de la segunda guerra del Líbano, la sociedad israelí busca responsables por lo que ha sido catalogado como un fracaso bélico. Por un lado hay que considerar que Hizballah sufrió un tremendo impacto, y que tal vez hayamos ganado la guerra, pero esta conclusión podrá ser observada solamente dentro de varios meses o tal vez años. Hay que tomar en cuenta que la guerra nunca es fácil y que de alguna manera nos acostumbramos a la imagen de Tzahal como ejército invencible.
Por otro lado es imposible obviar que han habido muchos errores, varios de los cuales son de conocimiento público y seguramente muchos no lo son. Por sobre todas las cosas, así como nos acostumbramos a la imagen del invencible ejército del '67, tampoco nos olvidamos de que Golda Meir y su gabinete renunciaron tras el tremendo golpe de la guerra de Yom Kipur en el '73. Entonces, ¿deben Olmert, Peretz y Jalutz renunciar? ¿Fue esta guerra un fracaso y un golpe de la magnitud de Yom Kipur? Las manifestaciones de los reservistas que volvieron de la guerra, primero en Jerusalén y ahora también en Tel Aviv, en sus propias palabras tienen un solo propósito, obligar al gobierno israelí a asumir la responsabilidad por el fracaso de la guerra y, por ende, renunciar.
La responsabilidad es en sí un tema clave en el Tanaj, y esto se puede apreciar claramente cuando vemos que más allá de aisladas narraciones, podemos encontrar libros enteros que tratan el tema.
Jonás
Desde el punto de vista de la crítica bíblica moderna, es un poco difícil ubicar históricamente el contexto de este intrigante libro. Los expertos lo consideran producto de la época del Segundo Templo, durante el siglo III aec.., y esto basado en la semántica y lingüística usadas en el texto. Históricamente hablando, existió un profeta llamado Jonás, pero su historia personal no está para nada relacionada con el relato del libro de Jonás. Más aún, la ciudad de Nínive, capital del Imperio Asirio durante el siglo VII A.E.C., es simplemente el contexto (ideal) para la transmisión del mensaje. Tanto es así, que el relato ni siquiera se refiere al verdadero destino de la ciudad.
En el relato, la ciudad debe ser destruida, y sin embargo es perdonada por Dios. En la realidad, la tremenda magnificencia de la ciudad de Nínive duró menos de cien años, cuando en 612 aec. fue completamente arrasada por los babilonios, coronando su conquista sobre el otrora maravilloso Imperio Asirio, arrasando su capital. Entonces, ¿por qué usar a la ciudad de Nínive como escenario? Básicamente porque fue una de las ciudades más importantes de la historia antigua, y su historia era conocida por los potenciales lectores del libro de Jonás.
Pero el libro de Jonás se ocupa mucho más de la historia personal del protagonista, que de la historia de la grandiosa ciudad. El relato empieza en Yafo, durante un intento de huir. Dios habla a Jonás, le ordena que vaya a profetizar a Nínive, explicando desde el principio que el propósito de su prédica es advertir sobre el castigo cercano, por las maldades que tienen lugar en la ciudad. Inmediatamente Jonás llega a Yafo, para tomar un barco y huir.
Por lo tanto, desde el principio, Nínive y Jonás son ambos metáforas. Podría ser cualquier otra ciudad, y cualquier otro profeta. Lo verdaderamente importante es el mensaje. Jonás tiene miedo de lo que le pueda pasar en Nínive. Nínive no es una ciudad judía, de modo que su posición como profeta es totalmente nula. La prédica apocalíptica en dicha ciudad es una sentencia de muerte para el pobre Jonás. Y por otro lado... la misión que le fue dada debe cumplirse. Jonás intenta huir por mar, elemento por demás irrisorio, ya que desde el punto de vista judío, Dios es omnipresente y omnisciente, entonces, en realidad, no hay adónde escapar. Aún dentro del barco, Jonás escapa a su responsabilidad y no es capaz de admitir que la tormenta es por su causa, hasta que lo obligan a hacerlo.
Jonás pide ser tirado al mar, para que la tormenta cese, sabiendo que eso muy probablemente significa la muerte. Podría haber pedido a los marinos volver a puerto, desembarcar y empezar su largo camino por tierra a Nínive, y sin embargo, prefiere suicidarse a aceptar su responsabilidad. Jonás explica a los marinos que la tormenta es por su causa, y pide ser arrojado al mar para que ellos se salven y el barco no se hunda, es decir que, por otro lado, la vida de los demás pasajeros a bordo le es cara, lo que demuestra que Jonás no es un completo inmoral. Si lo fuera, y además tiene tendencias suicidas, ¿entonces por qué confesar?, ¿por qué no dejar que el barco se hunda con él y con el resto de las personas?
No es sino hasta el final del relato que Jonás entiende que Nínive no va a ser destruida, desde su huida en Yafo hasta terminada su prédica en la ciudad, está convencido, al parecer, que la ciudad sí va a ser destruida por Dios, por razón de las tremendas maldades cometidas. Entonces, ¿dónde esta su moralidad en este sentido? Es lo suficientemente responsable, a fuerza, para salvar a los marinos, pero no lo es para castigar a los impíos. ¿Qué clase de moralidad selectiva es ésta? Está dispuesto a suicidarse en altamar huyendo, pero morir cumpliendo su deber, eso no.
El final es sorprendente e intrigante a la vez. Jonás no sólo no muere en Nínive, sino que su profecía es aceptada muy seriamente, tan seriamente que toda la ciudad, inclusive los animales, se ponen de luto y ayunan en forma de arrepentimiento frente a Dios. Jonás se desespera. No puede entender, que después de todo lo que pasó, Dios no destruya la ciudad. La moraleja del kikayion (traducido como "árbol de ricino") al final aclara este punto.
Pero lo más fascinante es el tremendo descaro de Jonás, en IV 1-2, donde le reprocha a Dios el haber perdonado a la ciudad. En las palabras de Jonás, él ya sabía que eso iba a pasar, y ese fue el original motivo por el cual no quería viajar a Nínive desde un principio, y no porque tuviera miedo de morir.
Por otro lado, seamos sinceros. Si Dios es omnipresente y omnisciente, entonces Dios sabía que todo esto iba a pasar, es decir, desde un principio sabía de la escapatoria de Jonás, del gran pez y del perdón a Nínive. Entonces, ¿por qué y para qué provocar todas estas peripecias a Jonás? Es claro que el relato es pura moraleja. El narrador desea transmitir el mensaje a través de una historia que pueda parecer coherente a los ojos de los posibles lectores.
Las tendencias suicidas de Jonás siguen sorprendiendo en el versículo siguiente, IV 3 y en IV 8-9. Allí, el profeta pide a Dios, una y otra vez, que le quite la vida. Sin embargo, como ya hemos visto, se trata de un profeta suicida y cobarde y de un dios sádico e ilógico. Jonás le pide a Dios que lo mate, en lugar de tratar de suicidarse. De nuevo, así como tenía miedo de ser atacado en Nínive durante el cumplimiento de su misión al principio del relato, su cobardía también se pone de manifiesto al final del relato, cuando no es capaz de quitarse la vida a sí mismo.
Dios le hace sufrir a Jonás una tremenda serie de "aventuras", incluyendo una descomunal tormenta en el mar, una estadía de tres días en el intestino de un monstruo marino y, luego, la contemplación de que todo lo que trató de hacer ha sido completamente en vano, demostrando una vez más su "superioridad". ¿Y es que realmente necesita el personaje Dios demostrar su superioridad? Esto es, por supuesto, completamente ilógico.
Pero el final es hermoso. El ricino que muere y la moraleja lo dice todo. El mensaje es universal. Dios perdona la vida de los habitantes de Nínive, a pesar de ser pecadores y a pesar de ser paganos. Su perdón se basa, justamente, en cálculos fríos y lógicos. Se trata de una ciudad grande, de muchas personas y animales, de paganos aún pero arrepentidos de sus pecados, volviendo a la senda del bien, etc., etc. Es el final más asombroso que podíamos imaginarnos. La discusión entre Jonás y Dios es formidable, y da para seguir reflexionando durante horas. En el último versículo, IV-11, la personalidad de Jonás es completamente descifrada por el lector, se trata de un fracasado egoísta, y por lo tanto, de una persona que no es capaz de aceptar ninguna responsabilidad, ni siquiera la responsabilidad sobre su propia vida.
Job
El libro de Job es tan absolutamente complejo que sería un insulto insinuar que podemos analizarlo en tan sólo unos párrafos. De todas maneras, diremos en líneas claras que la idea es completamente la opuesta. A causa de una sádica apuesta entre Dios y Satanás, el pobre Job sufre las cosas más siniestras e infernales. Su familia muere, pierde todo su dinero, su salud se quiebra, etc. Todo lo malo que le puede pasar a un ser humano le pasa a Job, y para colmo en muy poco tiempo. Y con todo, Job sigue fiel a Dios, sin culparlo de nada. Es más, se culpa a sí mismo, aceptando una responsabilidad extra, ajena a las verdaderas causas de su situación, véase Job III 2 en adelante. Cuando los amigos de Job lo vienen a ver, y tratan de explicarle que tal vez, de alguna manera, cabe la más remota posibilidad de que no es él el culpable de la situación, Job se enoja y se pelea con ellos. Su creencia en Dios es tan profunda, tan tremendamente extrema, que es incapaz de encontrar el defecto en los actos de Dios.
De la misma, manera, hay gente hoy en día, en Israel, que se rehúsa a pensar que el ejército de Israel haya cometido algún error durante la guerra. Si hubo errores, fueron por parte de la dirigencia política, no militar. El ejército está tan idealizado que ciertas personas son incapaces de elaborar alguna crítica, por más constructiva que sea.
Job y Jonás son antípodas, uno es un suicida en potencia con un sentido nulo de la responsabilidad, frente a los demás y para consigo mismo; el otro es un obsesivo fanático religioso, para el cuál el bien colectivo y la fe son más importantes que el individuo y la individualidad como concepto mismo. Entre estos dos polos se oculta la verdad. Por un lado no escaparle a la responsabilidad, por el otro, no caer en la trampa del mea culpa a todo precio, que muchas veces castiga individuos para salvar instituciones.









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