El Asesinato de Rabin y el Tanaj
- Jan 1, 2005
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Pocos conocen esta electrizante faceta de nuestro libro sagrado, en la que descubrimos que Igal Amir no fue el primer magnicida de la historia hebrea.
Diez años después del asesinato de Itzjak Rabin, volvemos al mes de noviembre, como todos los años, a reflexionar sobre lo ocurrido y a tratar de entender, de alguna manera, qué fue lo que nos pasó. Personalmente, el día de recordación de Rabin evoca en mí pensamientos que tienen que ver con los dos principales factores que contribuyeron a la perpetración del terrible crimen. El primero es aquel elemento que dejó a toda la sociedad judía absolutamente conmocionada, y fue la noticia de que el asesino de Rabin fue un israelí, judío; y no como se podría suponer, un terrorista musulmán. El segundo deriva del primero, y tiene al asesinato de Rabin como símbolo de su veracidad. Estoy hablando, claro está, del peligro inmenso que encierra el extremismo de todo tipo, y el entendimiento de que dicho extremismo puede suceder en cualquier sociedad y en cualquier momento.
En nuestro sangrado Medio Oriente, este extremismo toma generalmente la forma de fanatismo religioso, en lugar de la xenofobia europea o el racismo americano. Ambos elementos existen en el Tanaj, y un gran número de relatos y cuentos nos conducen al análisis respectivo. Presentamos aquí una cara poco conocida del Tanaj, temida sobre todo por aquellos que se consideran religiosos, ya que el conocimiento e investigación de estos pasajes deriva en conclusiones “difíciles de tragar”, para los que creen en que la palabra del Tanaj es sagrada e inapelable. El conflicto territorial, y en cierta medida cultural, que existe con los palestinos y con parte del mundo árabe, ha llevado a un gran sector del público religioso en Israel a organizar y vivir su vida en torno a ideas bíblicas, a pesar de una buena porción de ellas han sido tristemente mal interpretadas durante siglos, sobre todo durante los pasados 38 años.
Los reyes y los asesinatos políticos
El asesinato entre judíos, en términos de guerra civil, fue analizado previamente en el artículo “Guerras fraticidas: una vieja historia bíblica...”, publicado en el website de Hagshamá el 7-03-05, con vistas al Plan de Desconexión, que fue implementado a mediados del mes de agosto pasado. Sin embargo, también se dio el asesinato de líderes judíos a manos de judíos, por motivos políticos. Cabe aclarar que el término “judío” (de corte mucho más religioso) es usado aquí como sinónimo del término “israelita” (que es de corte mucho más nacional), siendo el último el más adecuado para describir la época y los hechos.
El primer asesinato político conocido es el de Avshalom, hijo de David, a manos del líder del ejército de David, Yoav (II Samuel XVIII-XIX). Tras la revolución en contra de su propio padre, el príncipe Avshalom se escapa del ejército de David, que recibió la orden estricta del Rey de atrapar a Avshalom con vida y no dañarlo. A pesar de ello Yoav mata en secreto al príncipe, con el objetivo de evitar nuevas revoluciones y garantizarse a sí mismo el lugar de General de los Ejércitos de David.
La historia contada en el Tanaj fue corroborada por pruebas científicas desde la época del rey Salomón en adelante. Como sabemos, al morir Salomón, su hijo Roboam (928-911 AEC) fracasa en mantener su dominio sobre todas las tribus y el resultado es la división del reino en Yehudá, al sur, e Israel, al norte. Mientras el reino de Yehudá en Jerusalem mantuvo la devoción absoluta a la dinastía de David, el reino de Israel carecía de una dinastía fija. En ciertos casos los diferentes reyes gobernaban por períodos muy cortos, como ser un año o menos. La dinastía más larga fue la de Jehú, la cual duró cinco generaciones (mientras que la dinastía de David, desde Roboam hasta el exilio duró 20 generaciones ininterrumpidas).
Esta situación tuvo lugar por varias causas. Ninguna de las tribus era más dominante que la otra en el reino de Israel. Además, al no haber sido ninguno de los reyes declarado “mesías” por ningún profeta, nadie le debía obediencia absoluta a sus descendientes. Finalmente, estas y otras causas llevaron a la creación de una situación de caos total. Los asesinatos entre seguidores de un líder y seguidores de otro eran frecuentes. Como si esto fuera poco, la guerra en contra del más estable reino de Yehudá supo muy pocos períodos de tregua, lo que se sumaba a las zafrales amenazas externas, como los Asirios, los Egipcios y otros imperios de la época.
La primera conspiración fue la de Baasa, hijo de Ajiá, para asesinar a Nadav, hijo de Jeroboam, el primer rey de Israel, y de esa manera tomar el dominio (I Reyes XV, 25-34). Cabe resaltar que el texto nos convence que el acto de Baasa fue el deseo de Dios, ya que Jeroboam y su descendencia habían sumergido a los israelitas de las diez tribus del norte en el politeísmo y la idolatría. Sin embargo, el mismo pasaje nos cuenta que el propio Baasa, también sucumbe a las “tentaciones” de la idolatría. Esto viene a justificar, claro está, el próximo asesinato, el del hijo de Baasa a manos de Zimri, el próximo rey de turno sobre Israel (I Reyes XVI, 8-14).
El siguiente cambio de gobierno fue bastante sorprendente, una revuleta popular que descorona a Zimri y nombra por rey a Omri (I Reyes XVI, 15-18). Zimri fue practicamente obligado a suicidarse, otra forma de asesinato político, bastante común en estos días... El hijo de Omri es Ajav, el más famoso de los reyes de Samaria. Las peripecias del profeta Eliahu (Elías) y sus acciones frente a Ajav y a su esposa Jezabel fueron tratadas en otros artículos (véase el artículo “La violencia en el Tanaj, desde entonces y hasta hoy”). El asesinato político más recordado de esta época es el llevado a cabo por Jehú, capitan de las tropas de Ajav, y luego de su hijo Yoram. Jehú no solamente mata a Yoram, rey de Israel, sino que también al rey de Yehudá, que era aliado de Israel. Además, Jehú “cumple la profecía” de Elías, matando cruelmente a Jezabel, madre de Yoram y esposa de Ajav (II Reyes IX-X). Además, Jehú mata a todos los setenta hijos de Ajav decapitándolos, y a los hermanos de Ocozías, rey de Yehudá. Luego, de forma bastante astuta consigue reunir a todos los sacerdotes paganos que Jezabel había traído consigo, y lo que sigue es una matanza masiva atroz.
De esta manera los asesinatos políticos también comienzan a ser moneda corriente en el montañoso reino de Yehudá. Cuando Jehú mata a Ocozías, su madre, Atalía, aprovecha la situación para tomar el poder, matando a toda su propia familia y nombrándose reina (II Reyes XI). Su nieto, el recién nacido Yoash, sobrevive la furia de poder de su abuela, solamente porque es escondido durante seis años. Al séptimo año, uno de los sacerdotes de Atalía, que en secreto protegía al pequeño, se confiesa ante los capitanes del ejército, y concreta una conspiración para derrocar a Atalía y devolverle el poder al legítimo descendiente de David. Atalía es sorprendida por el rey Yoash, de siete años de edad, rodeado de soldados, tomando el poder sobre Jerusalem. En su intento de escapar, Atalía es asesinada.
Muchos años después (II Reyes XII), el propio rey Yoash es asesinado como consecuencia de una conspiración. Lo extraño en este caso es que las causas del asesinato no son claras. Dos de sus siervos lo asesinan lejos de Jerusalem e inmediatamente su hijo, Amasías, es nombrado rey. Años después (II Reyes XIV, 5), vengará a su padre matando a aquellos que lo asesinaron. Con él, retorna también el conflicto interno entre Yehudá e Israel (II Reyes XIV). La consecuencia de este conflicto es la casi completa destrucción de Jerusalem y su saqueo por parte de uno de los descendientes de Jehú. Tras esta derrota, se crea una nueva conspiración para matar al rey y Amasías debe huir de Jerusalem. Tras su asesinato, su hijo Azarías reina, hasta que la lepra le prohíbe serguir funcionando como rey.
Mientras tanto, en el reino de Israel el úlitmo descendiente de Jehú, Zacarías (II Reyes XV), es asesinado por Salum, quien toma el reino de Israel. Salum es a su vez asesinado, un mes después, por Menajem, quien mantiene el dominio por diez años. Su hijo, Pecaya, es asesinado tras dos años en el poder, a manos de los capitanes de su propio ejército. El asesino de Pecaya (de nombre Pecaj), reina en su lugar. En pleno conflicto bélico con los Asirios, que comenzaban ya a deportar a parte de las tribus, fue asesinado por Oshea, quien tomó su lugar. Es éste el último rey de Israel. Tras el sitio Asirio, Samaria es destruida, y las diez tribus de Israel son deportadas, conformando lo que se conoce hasta hoy en día como las “tribus perdidas” (II Reyes XVII). También el reino de Yehudá va a ser finalmente destruido, en este caso por Nabucodonosor, príncipe de los Babilonios (II Reyes XXIV-XXV)...
Guedaliahu, víctima del nacionalismo extremista
Con la conquista babilónica de Jerusalem y el reino de Yehudá, se establecen las condiciones ideales para el asesinato político más famoso de la época antigua. El asesinato de Guedaliahu fue ya analizado en artículos anteriores, por lo tanto no volveremos sobre los detalles. Para quien quiera refrescar la memoria, véase II Reyes XXV, 22-26.
En este caso, más que la narración bíblica, lo interesante es la historia posterior al asesinato. Hasta hoy es costumbre, que durante el tercer día del mes de Tishrei, el primer día después de Rosh Hashaná, conmemoramos el asesinato de Guedaliahu con un ayuno. Es también el primero de los Yamim Noraim (Días Terribles), que van entre Rosh Hashaná y Yom Kipur, que están dedicados al arrepentimiento, a pedir perdón y a perdonar a los otros. Más aún, es interesante ver que un líder que fue visto como “colaborador con el enemigo”, que fue puesto como gobernador de los judíos que no fueron deportados a pesar de no ser de sangre real, recibe una conmemoración tan importante; mientras que todos aquellos reyes de Yehudá e Israel que discutimos antes, no han recibido ningún tipo de tributo o de honor póstumo.
La respuesta, en mi opinión, es que no es Guedaliahu aquel que recibe estos honores, es obviamente lo que Guedaliahu simboliza: el asesinato de un líder por la mera causa de una discusión ideológica. Mientras Guedaliahu convencía al pueblo de optar por ser tributarios de Babilonia y de esta manera conservar la vida y las tradiciones, el grupo de nacionalistas extremos conducidos por Ismael, descendiente de David, pedía la revolución mesiánica. El asesinato de Guedaliahu simboliza el momento en el que el fanatismo religioso y nacionalista triunfó por sobre el sentido común.
Las consecuencias fueron terribles. Aquellos que no habían sido deportados a Babilonia tuvieron que huir a Egipto, dejando la Tierra de Israel casi completamente desolada. Los sabios de la Mishná y luego del Talmud entendieron los peligros del fanatismo religioso, sobre todo después de amargas experiencias como la del falso mesías Bar-Kojvá. En cierto punto durante la Edad Media se estableció un día de ayuno por Guedaliahu, el símbolo de las víctimas del terrorismo religioso. Aquí se despierta una pregunta bastante abrumadora. Por Guedaliahu, líder marioneta de las fuerzas ocupantes babilónicas, se estableció un día de ayuno; pero por Rabín, Primer Ministro electo, la comunidad religiosa ortodoxa no ha instituido ningún tipo de acto de recordación, que contenga algún elemento religioso. Esto es motivo de mucha indignación por parte de gran parte del público judío sionista en Israel.
Fanáticos y apocalípticos
Pero los asesinos de Guedaliahu no son los primeros ni últimos fanáticos religiosos-nacionalistas en la historia judía, y tampoco en la narrativa Bíblica. El primer "fanático religioso" es el fundador de la “estirpe hebrea”, el propio patriarca Abraham. En Génesis XXII el Tanaj nos cuenta de cómo Dios “pone a prueba” a Abraham, pidiéndole que sacrifique a su hijo más amado, Isaac. Abraham procede sin ningún tipo de titubeo. El joven Isaac se salva del filo del cuchillo solamente tras la intervención divina que decide poner fin a la “prueba”. En la guerra contra Amalec Samuel ordena a Saúl, el joven rey, el completo exterminio de Amalec, incluyendo niños, mujeres y hasta el ganado (I Samuel XV). Según Samuel, claro está, es ésta la orden de Dios. Cuando Saúl no cumple totalmente con la orden, dejando en vida al rey de los amalecitas, Samuel encolerizado mata al rey capturado degollándolo y destituye a Saúl del trono de Israel.
Si Samuel es un caso extremo de fanatismo nacionalista, otros profetas son más bien casos de fanatismo religioso. Así, por ejemplo, el caso de Elías y de su alumno Eliseo, ambos profetas en el reino de Israel, que se negaban categóricamente a la introducción de cultos externos. Dicho conflicto se ve en la terrible lucha de poder entre Elías y Jezabel y luego entre Eliseo y los descendientes de Ajav y Jezabel. Conflicto que cobró las vidas de cientos de personas, según los relatos bíblicos.
También el profeta Jeremías, del reino de Yehudá, que vivió durante la época de la conquista Babilónica y vio las murallas de Jerusalem caer, fue un extremista religioso. Sin embargo, la gran diferencia entre Jeremías por una lado y Elías y Eliseo por el otro, se encuentra en el uso o no de la violencia, con medio para alcanzar objetivos. Ambas escuelas de profetas pensaban que la raíz de todos los problemas es la falta de fe en Dios, la inmoralidad y la promiscuidad, solamente que Jeremías, a diferencia de sus colegas norteños, estaba convencido que la forma de persuadir al pueblo era a través de la prédica y el ejemplo personal, en lugar de la decapitación de trescientas personas en el monte Carmelo, como lo hizo Elías.
Y es que, en definitiva, la categorización de alguien como “extremista” o “fanático”, no tiene que ver con las convicciones o creencias personales, sino con los métodos que uno está dispuesto a emplear para que sus propias creencias sean también las de los demás. En otras palabras, cualquier fanatismo religioso o nacionalista, tiene una base de proselitismo. A pesar de ser la religión judía profundamente anti-proselitista, los casos de aquellos que están dispuestos a todo en nombre de la religión y la conquista de toda la bíblica Tierra de Israel, son cada día más comunes y más preocupantes. A diez años de la muerte de Rabin, desgraciadamente, nada ha cambiado y no hemos aprendido aún a erradicar completamente las raíces del fanatismo, que amenazan a la ley, la libertad de expresión, y la existencia de un Estado sionista, judío y democrático.









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