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El Tanaj y las relaciones inter-religiosas

  • Jan 1, 2005
  • 9 min read

Las relaciones entre el pueblo judío y otros pueblos, y entre el judaísmo y otros credos, es un tema presente en nuestra historia ya desde los tiempos bíblicos. El triste fallecimiento del Sumo Pontífice Juan Pablo II nos lleva nuevamente a aquellos tiempos.

Siempre pensé que si tuviera la oportunidad de compartir un café y un cigarrillo con Jesús, en el viejo -y ya inexistente- “Bar Saroldi”* de Montevideo, en alguna de esas tan exquisitas mañanas uruguayas de octubre, me daría a mí mismo el lujo de contarle al profeta de Nazareth lo que ha pasado en el mundo en los últimos dos mil cinco años. La misma imaginaria charla, dicho sea de paso, podría también darse en un lugar más cercano -geográfica y espiritualmente hablando- a él y a mí mismo; estoy refiriéndome, claro está, a mi casa y a la suya, la ciudad de Jerusalem. En tal caso, lo invitaría a compartir un humus y un buen narguila en el Restorán Libanés, en Ein-Karem. Ya que ambos nacimos fuera de Jerusalem, y optamos por vivir en ella, estoy seguro que el predicador galileo lo apreciaría.

Al comenzar nuestra charla, no hablaría de la Iglesia durante la Edad Media, tampoco durante las Cruzadas, no mencionaría de entrada el tema de la Inquisición ni la actitud de la Iglesia durante el Holocausto. Si hiciera tal cosa el pobre Jesús seguramente se suicidaría al instante, asfixiándose con alguna almendra incrustada en el baklawa. Al contrario, comenzaría hablando de la Iglesia durante los últimos 27 años, al mando del Papa Karol Wojtyla o, como fue llamado por los católicos, Juan Pablo II.

No hay duda de que durante la cadencia del fallecido Pontífice, las relaciones entre cristianos y judíos avanzaron a pasos agigantados. Las relaciones diplomáticas existentes entre el Estado de Israel y el Vaticano demuestran este punto de forma absoluta. En nuestro texto bíblico (el común a todos, judíos, cristianos y musulmanes), tenemos una gran variedad de historias sobre las relaciones inter-religiosas que mantuvo el pueblo judío durante la época antigua. Como ya dijimos antes, más allá de la veracidad histórica de dichas narraciones, nuestro principal punto de interés es sobre el mensaje que se esconde detrás de esos relatos.

Amor y odio: las dos caras de la misma moneda

Durante toda la narrativa bíblica, la mitología judía se refiere a pueblos que habitaban la misma zona que los hebreos. En la mayor parte de los casos, son éstos los épicos enemigos del pueblo israelita. Sin embargo, existen casos en los cuales un pueblo enemigo en algunas narraciones, es también una nación amiga y aliada en otros relatos.

En este aspecto, una de las relaciones más interesantes en el Tanaj, es la que se refiere a los israelitas y al pueblo de Median, o Midian, también llamados “el pueblo de Jethro” (y no estamos refiriéndonos aquí al aeropuerto de Londres...), también llamados Jever Cineos or Havav. Es éste un pueblo misterioso en la narrativa bíblica, tanto en su procedencia como en su descendencia. Al parecer, los midianitas son el prototipo del beduino nómada, como la figura de Abraham. La “tierra de Midian” es un concepto que aparece poco en el Tanaj, y cuando aparece es siempre en zonas desérticas. Más comunes son las referencias a este pueblo como un pueblo nómada, de viviendas en forma de carpas y de sustento sobre todo de la ganadería y no de la agricultura.

Durante estas migraciones cortas, son conocidas las narraciones de los enfrentamientos entre israelitas y midianitas, sobre todo en el libro de Jueces (cap. VI, VII, VIII y IX). En el libro de Números (cap. XXII, XXV y XXXI), se habla de cómo los midianitas ayudan a Balac, jefe de los moabitas, a convencer al brujo Bilaam que maldiga a los hebreos durante su travesía en el desierto, tras la salida de Egipto. Más adelante se cuenta de las guerras en contra de los reyes midianitas y de la victoria de Moisés y sus seguidores.

Básicamente hay que entender que estas guerras contra midianitas, se pierden en la enorme ensalada de guerras de “todos contra todos” en la “época bíblica”. Y es por esto que resaltan justamente los casos opuestos, en los cuales las relaciones entre israelitas y midianitas son de un absoluto respeto mutuo y de una gran tolerancia y cooperación.

Esto se explica básicamente en lo que mencionamos antes. Los midianitas son un pueblo al “estilo beduino”, no solamente por el aspecto de las migraciones y las carpas, sino también por la estructura étnica. Estamos hablando de un pueblo conformado por tribus, divididas en clanes, formados por familias. Al contrario de la situación de los hebreos (que también estaban divididos en tribus, clanes y familias), los cuales cuentan a lo largo de las épocas con una figura líder, generalmente de poder inapelable (Moisés, Josué, Guidon, Saúl, etc.); los midianitas tienen jefes tribales que no necesariamente comparten las políticas y las estrategias comunes al resto del pueblo.

Es este elemento el cual posibilita también la existencia de buenas (y en ciertos casos excelentes) relaciones entre israelitas y midianitas. El caso más conocido es el del propio Moisés y de su suegro, el Sacerdote de Midian (Éx. II, III y IV). El conocido relato nos cuenta de la fuga de Moisés de Egipto al desierto. Una vez ahí, se encuentra con las siete hijas del Sacerdote de Midian, las cuales son maltratadas por otros pastores. Moisés las salva y es acogido en casa de Jethro, el cual se transforma en poco tiempo en su suegro. Moisés se casa con Tzipora, hija de Jethro, y de este matrimonio nacen los hijos de Moisés, Gershon y Eliezer.

Moisés vive con los midianitas durante largos años, hasta que Dios lo llama a volver a Egipto y salvar a los hebreos del yugo egipcio. Tras la heroica salida de los judíos de Egipto, la familia de Jethro se une a Moisés en su camino por el desierto. Es en Éx. XVIII donde esta hermandad con los midianitas llega a su cenit. En este capítulo comienza la parashá (porción semanal de la Torá) que se llama Jethro, ¡una parashá en nombre de un gentil! Y no es cualquier parashá, sino tal vez la más importante de todo el libro de Éxodo y de toda la Torá.

Dos elementos importantes existen en esta parashá: el primero es el consejo que toma Moisés de Jethro, sobre la forma en la cual debe juzgar al pueblo. Jethro le aconseja a Moisés que lo mejor sería tomar 70 ancianos de todas las tribus y formar con ellos un sistema jurídico bastante complejo. Moisés adopta el consejo y lo implementa. Recomendaré en este punto suspender la lectura y abrir el Tanaj, en Éx. capítulo XVIII, y leer sus versículos (1 a 27). El segundo punto es que, en esta parashá, llamada en nombre de un no-judío, aparecen los famosos Diez Mandamientos (Ex. XX).

Personalmente estoy convencido que cuando, por aquellas épocas de la canonización del texto bíblico, aquellos sabios dieron los nombres a las parashot, no eligieron el nombre de Jethro arbitrariamente. Es cierto que la costumbre es nombrar a las parashot según las primeras palabras del primer capítulo, pero esta norma tiene varias excepciones. En mi opinión, la explicación más lógica (y la que me gustaría siempre resaltar), es que el hecho de que la parashá en la cual aparecen los Diez Mandamientos sea nombrada en honor a un personaje bíblico no judío, representa antes que nada el carácter universal de estos famosos preceptos básicos. En ningún pasaje durante el capítulo XX, y en general en el resto de la Torá, se dice que los Diez Mandamientos sean para los judíos, exclusivamente. Todo lo contrario, tanto en la literatura profética de Isaías como en textos post-bíblicos se enfatiza todo el tiempo el carácter universal de los preceptos en general y de estos diez en particular.

Existe otro caso excepcional de alianzas entre judíos y midianitas. En Jueces IV (11, 17-22), se nos cuenta de como Yael, “mujer de Jever Cineo”, evita el escape de un enemigo acérrimo de los judíos. Déborah y Barak salen a luchar contra el Rey de Canaán y contra el general de su ejército, Sísara. Al final de la batalla, Sísara escapa llegando a las tiendas de Yael, pidiendo allí asilo. Los midianitas eran, supuestamente, neutrales en la guerra entre hebreos y cananitas. Y realmente los midianitas lo eran, salvo la tribu de Jethro, Jever Cineo, que mantenía su antiguo pacto con el pueblo de Moisés. Por lo tanto, una vez acogido Sísara en tiendas de Yael, ésta lo hace dormir, y luego lo ataca, matándolo y presentando su cuerpo muerto frente a Barak y Déborah.

Hoy en día, hay investigadores que identifican a los descendientes de los midianitas con el pueblo druso. Los drusos son un grupo étnico de ascendencia desconocida. Su religión es secreta, aunque se sabe que existen muchos elementos de contacto con el Islam. Lo seguro es, que lo que es Mahoma para los musulmanes o Jesús para los cristianos, lo es el profeta Jethro para los drusos. La filosofía drusa se niega a la existencia de un “país druso”, sin embargo, exhorta a los creyentes a ser leales y fieles al país de pertenencia. Una minoría drusa de mucha importancia existe en el Líbano, otra en Siria, y también existe (en menor cantidad), en Israel. Los drusos, a pesar de estar eximidos del servicio militar si así lo quisieran, piden ser parte del servicio militar obligatorio en Israel. Muchos soldados drusos han muerto defendiendo al estado judío. Al parecer, por suerte, viejas alianzas son difíciles de romper...

El rey que inventó la tolerancia religiosa

Aproximadamente en el 586 AEC, el Imperio Babilónico al mando del príncipe Nabucodonosor, derriba las murallas de Jerusalem y destruye el Templo de Salomón. La elite del desolado Reino de Judá es tomada prisionera, y es conducida a Babilonia, a orillas del río Éufrates. Allí, la primera colectividad judía de la Diáspora comienza a florecer.

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Casi cien años más tarde (ciertos investigadores apuntan a casi doscientos...), un nuevo Imperio se apodera de todas las posesiones terrestres del magnífico y ahora asolado Imperio Babilónico, expandiendo los límites del antiguo Imperio hasta Asia Menor al Occidente, y hasta la India al Oriente. Estamos hablando, claramente, del Imperio Persa. El primer emperador persa que contacta a la próspera comunidad judía de Babel es Ciro. Los diferentes documentos encontrados en varias ruinas de la época persa, nos cuentan que Ciro decide eliminar el concepto de “religión oficial”. En su imperio existirá la libertad de culto, para todos, para siempre. La única condición de Ciro es que cada pueblo conquistado por los persas, se haga cargo de incluir en sus propias plegarias a sus propias deidades, una plegaria por Ciro y por su hijo. Es esta política de absoluta tolerancia religiosa la que permite a los judíos (a parte de ellos), volver a la tierra de Israel y reconstruir el Templo destruido. Es ésta la misión que llevan a cabo Ezra y Nejemías. El caso de Ciro es único en la historia antigua, y no tiene ningún precedente en la historia del Medio Oriente.

Por supuesto que la narrativa bíblica cuenta la historia universal desde un punto de vista “judío”. En el libro de Ezra (I, 1-11), se cuenta de como Ciro acepta al dios de los judíos como el único dios, y por eso decide que los exiliados deben volver a Jerusalem. Y por supuesto, como ha pasado desde el año 1948 de la época moderna, los judíos no se “avalanzan” a aprovechar la oferta. La mayor parte de los exiliados permanecen en Babel y en Ur y en Susán, y en el resto de las ciudades tomadas, o construidas por los persas. Solamente tras la muerte de Ciro, y la subida al gobierno del Rey Artajerjes II, es que aparece un líder que pide al Emperador la oportunidad de cumplir con la promesa de Ciro y de conducir a los hebreos a la creación de una nueva autonomía y la construcción de un nuevo Templo. Este líder es Nejemías (II, 1-5), el copero del rey, es decir, aquel que le sirve vino al rey y es por eso también aquel de más confianza, ya que su trabajo consistía en verificar que el vino real no estuviera envenenado.

En la misma medida en que vimos relaciones aleatorias entre hebreos y midianitas, también aquí vemos elementos parecidos. El Imperio Persa de Ciro es aquel que permite la libertad de culto y religión. Es el mismo imperio que, al mando de Artajerjes II permite a Nejemías la reconstrucción de Jerusalem y del Templo. Pero es también el Imperio Persa el mismo que al mando del Rey Asuero (¿? probablemente Artajerjes I o Darío I) casi extermina al pueblo judío de la faz de la tierra, influenciado por el famoso personaje de Hamán el Malvado.

Sin embargo, como lo dijimos antes, el ejemplo de la conducta y filosofía de Ciro es único en la historia. Al parecer dicha filosofía era producto de los pensamientos de un famoso filósofo de la época, Zaratustra. Cuenta la leyenda que Zaratustra era un especialista en idiomas, y entre ellos también sabía leer y hablar hebreo. Cabe la posibilidad que el propio Zaratustra influenciara a Ciro, basado esencialmente en pensamientos originariamente judíos, como por ejemplo, Levítico XIX, 18; cerrando así un círculo fascinante de intercambio cultural, respeto mutuo y tolerancia religiosa.

Fumata bianca, fumata bianca

Los tiempos venideros fijarán los nuevos rumbos de interacción entre judíos y cristianos. En cierto escenario político futuro, con la Intifada como nuestro pasado y no como nuestro presente, se puede apostar también a la mejora en la relación con los vecinos musulmanes, relación que, dicho sea de paso, a lo largo de la historia, se caracterizó por ser más cálida que aquella mantenida con los representantes del Vaticano. Esperemos solamente que el próximo Pontífice traiga consigo la continuación de la buena obra que Wojtyla comenzó, y que nuestra generación tenga el privilegio de ser el testigo del comienzo de una época completamente distinta, completamente nueva. Amén.

* Demás está decir que el Saroldi, en Montevideo, fue derrumbado y en su lugar se construyó una sucursal de “MacDonald’s”...

 
 
 

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