Guerras fraticidas: una vieja historia bíblica...
- Jan 1, 2005
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Desde la conquista de Canaán por Josué, los hebreos nos hemos estado peleando y matando entre nosotros. La historia comienza aquí, en Israel, y está contada en nuestro Tanaj.
Desde el momento en que los israelitas establecen cierta soberanía en la Tierra de Israel, la Biblia nos cuenta de las continuas guerras fratricidas entre judíos. Desde las guerras tribales entre diferentes clanes hebreos, pasando por las peripecias del Rey David y hasta la destrucción del samaritano Reino de Israel, el texto bíblico está plagado de crudas descripciones de guerras civiles. Hoy, ante la inevitable puesta en práctica del programa de desconexión unilateral de Ariel Sharón, no se descarta la posibilidad de una guerra civil en el moderno Estado de Israel.
Ante la inminente implementación del plan de desconexión unilateral de Ariel Sharón, a través del cual serán evacuados los asentamientos judíos en la franja de Gaza y el norte de Samaria, vuelve a los titulares la pregunta sobre una posible guerra civil, o guerra fratricida, entre israelíes: entre aquellos de extrema derecha que están convencidos que la posible devolución de territorios a palestinos es una catástrofe comparable con el Holocausto; y aquellos de extrema izquierda que consideran que los habitantes de los asentamientos son criminales de guerra que deben ser puestos tras las rejas. Estas amenazas mutuas, y el actual estado de tensión, nos llevan al análisis histórico y mitológico de las guerras fratricidas en el pueblo judío. Con dicho propósito es muy sencillo citar las guerras internas entre los diferentes líderes del clan hasmoneo, especialmente la cruda guerra entre Aristóbulo II y su hermano Hircano. Otro claro ejemplo es el propio enfrentamiento entre fariseos y celotes durante la Gran Revuelta entre los años 67 a 73 EC. Más tarde, en torno a la discusión sobre la designación de Bar-Kojva como Mesías o no, miles de alumnos del pro-mesiánico Rabi Akiva se enfrentan a miles de seguidores de otros rabinos, anti-mesiánicos, llevando a una matanza colectiva larga, que nos llega a través de las páginas del Talmud como una “peste” que mató a miles, y que finalizó el día 33 de la cuenta del Omer (“Lag B´Omer”).
Más allá de esto, la prosa bíblica, siempre rica en contenidos cargados de emociones, nos presenta en muchos casos historias de guerras fratricidas. Es claro que gran parte de estas guerras sucedieron solamente en la imaginación de los redactores, y que dichos relatos sirvieron como contexto para la transmisión de mensajes claros. Por otro lado, existen también relatos de guerras fratricidas que han sido corroborados por la ciencia arqueológica, siendo documentados de forma abundante. El objetivo de este artículo es analizar los principales casos de guerras fratricidas en la narrativa bíblica, sin entrar en detalles historiográficos y concentrándonos más que nada en la crítica valorativa de dichos relatos.
La burla de Efraim
Uno de los más interesantes jueces fue Iftaj, no sólo por su dudosa ascendencia, sino también por su obra e ímpetu (Jueces XI). Como los demás jueces, es convocado a la lucha contra el enemigo para salvar al pueblo. Cabe aclarar que Iftaj es guiladita, es decir, pertenece a la cuidad y al clan de Guilad, una gran familia de la tribu de Menashé, tan grande que se podría hablar de una “sub-tribu”. El pueblo, las tribus de Israel se unen tras Iftaj para hacer frente a los amonitas y de paso también a los amorreos (que se interponen entre las tropas de Iftaj y el campamento amonita). Iftaj lleva al pueblo a la victoria absoluta, y al terminar la guerra vuelve a su casa en Guilad. A continuación llega a su casa una delegación de hombres de la tribu de Efraim, que no había contestado el llamado de Iftaj a la guerra conjunta en contra de los amonitas, a reprocharle su ofensa, causada porque según éstos Iftaj no los había convocado (Jueces XII). Por su lado Iftaj, ofendido, les echa en cara el no haber respondido a su convocatoria, que había sido para todo el pueblo. Esta discusión es la base para una cruda guerra entre ambas tribus, que finaliza con la muerte de 42.000 personas.
El casi completo exterminio de Benjamín
Hacia el final del libro de Jueces, nos llama la atención un relato sorprendente y extraño a la vez. Nuestro relato comienza con las idas y venidas de un levita y su mujer por las tierras que separan a la tribu de Efraim de la tribu de Benjamín (Jueces, XIX). Es de resaltar que desde el libro de Josué en adelante se explica que la tribu de Leví (la tribu de Moisés y Arón, la de los sacerdotes) no posee territorio y, por lo tanto, los levitas son alojados en tierras de las demás tribus. La mujer del levita comete adulterio y huye a la casa de su padre, en Beit-Lehem (Belén), cuidad perteneciente a la tribu de Judá. El levita viaja entonces también a la casa de su suegro, para convencer a la mujer que la ha perdonado por su engaño y que quiere consolidar la reconciliación. Cuando emprenden la vuelta hacia las tierras de Efraim, han de pasar (como a la ida, a pesar de no ser mencionado) por las tierras de la tribu de Benjamín. Durante el viaje cae la noche, y en lugar de hospedarse en la ciudad de Jebús (la antigua Jerusalem, todavía en manos de los Jebuseos), decide hospedarse con su mujer en la ciudad de Guivá, una de las ciudades benjamitas, y esto a fin de pasar la noche en una ciudad israelita (Jueces XIX, 1) .
Lo que pasa de ahí en más es abominable. Los pobladores del lugar reclaman la vida del forastero, y éste les da su esposa a cambio. Aquéllos abusan de la mujer durante toda la noche y la dejan a la mañana sin vida a la puerta de la casa donde se alojaban. El levita toma el cuerpo de su mujer, lo rebana en doce porciones y envía una a cada tribu de Israel como testimonio de la maldad de los hombres de Benjamín. De ahí en más se ha de desarrollar una larga guerra, llena de masacres y destrozos, que va a concluir con el casi total exterminio de la tribu de Benjamín y luego con los esfuerzos para reconstruirla y evitar su desaparición (Jueces XX y XXI).
David vs. ...
Tras la designación por parte de Samuel de David como Rey de los israelitas, en lugar de Saúl, el destituido monarca comienza a desarrollar una entendible relación de rivalidad con el famoso pelirrojo. Dicha rivalidad, que luego se transformará en guerra de guerrillas, se aprecia a lo largo de varios capítulos, desde I Samuel XVIII, 10 en adelante hasta la muerte del propio Saúl, justamente a manos de los filisteos.
Dicha situación de tensión bélica entre los seguidores de David y el ejército israelita al mando de Saúl, se puede apreciar claramente en I Samuel XXIV. David se ha hecho el jefe de una verdadera banda de forajidos, que lo siguen durante sus huidas de las garras de Saúl, el demente. En una de esas travesías, un “agente informante” le trae a Saúl la buena nueva de que David se está escondiendo en Ein-Guedi, manantial de agua pura que da lugar a un maravilloso oasis en medio de las montañas del desierto de Judá. Saúl, confiado, se embarca en la búsqueda de su archi-enemigo, no sin antes haber reclutado a tres mil hombres.
El extraño encuentro entre ambos se da a los pies de una cueva. Saúl deja a sus hombres cuidando y se adentra en cierta cueva a reposar y dormir, sin advertir que en los interiores profundos de la cueva se esconde David con sus hombres. Éste le corta a Saúl un pedazo de su manto mientras duerme. Saúl se levanta, sale de la cueva, y comienza a emprender el camino en busca de Davi. Entonces escucha una voz que lo llama: es David, que ha salido tras él de la cueva con el pedazo de manto en la mano, mostrándole a Saúl que lo podría haber matado, y cómo le perdonó la vida.
En los pasajes que se encuentran en II Samuel XV a XVIII, se cuenta de otra guerra civil que tuvo lugar durante el dominio de David. Es esta la peor guerra que debe librar David. Su propio hijo, Avshalom, un fascinante personaje del Tanaj, le quita el reino, mandando a su propio padre a la diáspora. Desde la diáspora, los generales del ejército de David planean el contraataque. Al final, David es victorioso y vuelve al trono de Jerusalem, y Avshalom es asesinado por los seguidores de David, a pesar de que el Rey había pedido explícitamente dejar a su hijo con vida.
Un análisis más profundo de todas estas guerras civiles que involucran a David, que son detalladamente relatadas en los libros de Samuel, revela que su objetivo es enaltecer la figura de David, poniendo de manifiesto su alta moralidad e incorruptibilidad.
El sangriento odio entre Sur y Norte
Tras la muerte de Salomón, su hijo Roboam es incapaz de mantener el reino unido. Hay que recordar que durante la vida de Salomón, el Templo de Jerusalem, y la Casa del Rey son construidos. En aquellos tiempos, como en la actualidad, obras de tal magnitud sólo podían realizarse a base de impuestos. Es decir que, durante la época de Salomón, todo Israel sufría una dura carga impositiva, desde Dan en el norte hasta Eilat en el Sur (lugar donde Salomón había construido un puerto), para que prácticamente todas las obras de construcción importantes se concentraran en Jerusalem. Para colmo de males, establecido ahora el Templo, se transforma Jerusalem en el lugar de peregrinación obligatoria tres veces al año, algo no muy sencillo de cumplir considerando las condiciones de la época.
Tras la finalización de las obras y la muerte de Salomón, el pueblo está expectante de una drástica reducción de impuestos. Sin embargo Roboam no solamente no los reduce, sino que los eleva, y endurece su corazón frente a las exigencias del pueblo.
Es así como todo el Reino de Salomón es dividido en dos reinos enemigos, el Reino de Judá, con capital en Jerusalem, que incluye a la tribu de Judá y Benjamín; y el Reino de Israel con capital en Samaria (cuidad que se identifica según los arqueólogos con los restos de la cuidad romana de Sebastia, cerca de Nablus). Dicho reino incluía a las restantes diez tribus. La escisión en la unidad del pueblo en Sur y Norte, no es solamente parte de la narrativa bíblica, sino que ha sido más que comprobada por la arqueología y por el estudio de fuentes externas. O, como dijeran Les Luthiers en su tema El sendero de Warren Sánchez: "No sólo es verídico, sino que además es cierto...”.
Este es el comienzo de una historia, que a lo largo de casi 250 años, estará teñida con la sangre de miles de judíos víctimas de judíos. Las guerras entre el Reino de Judá y el Reino de Israel cesarán esporádicamente tras negociaciones de paz a corto plazo, hasta que finalmente en el siglo VI AEC (año 720 AEC aproximadamente) el Imperio de Asiria conquista y extermina al Reino de Israel. En realidad, un artículo que se ocupa de guerras fratricidas en la historia antigua del pueblo judío, debería ocuparse casi únicamente del libro I Reyes y II Reyes.
Hubo guerra entre Roboam y Jeroboam (I Reyes XV, 6), y hubo guerra entre sus descendientes, entre el Reino de Judá y el Reino de Israel, y paralelamente guerras fratricidas dentro de cada uno de los dos reinos, especialmente en el Reino de Israel. Esto se deriva sencillamente, de que durante toda esta época el Reino de Judá conserva la dinastía de David como la Casa Real, mientras que en el Reino norteño, ninguna familia tiene más derecho que otra a la corona.
Es así como Nadav, el hijo de Jeroboam, vive en guerra contra Judá, hasta que es asesinado por Baasa, quien toma las riendas del Reino de Israel para reanudar la guerra en contra del Reino de Judá (I Reyes XV, 25 a I Reyes XVI, 15). La más famosa de todas estas guerras se concentra en la figura de Acab (Ajav). Éste es un Rey samaritano que además de liderar sangrientas guerras contra su colega de Judá, el estable Rey Asa, Acab introduce en Israel cultos idólatras, principalmente contrayendo matrimonio con Isabel (Iezevel), princesa sidonita, idólatra y politeísta (I Reyes XVI, 29 en adelante).
Las historias de Acab son también conocidas por la intervención del profeta Elías y por ser el rey que construyó el “Palacio de Marfil”. Poco después de la muerte de Acab, el Reino de Israel se sumerge en una decadencia que solamente empeora, hasta su completa destrucción por parte de Sanheriv, Rey de Asiria.
Los tiempos venideros
Tanto en la literatura bíblica como en la literatura post-bíblica, vemos una continuidad de guerras civiles, guerras fratricidas dentro de la nación hebrea. En todas las épocas, el factor que consigue eliminar los deseos de guerra interna es el enemigo común, y en general, a lo largo de la historia judía, se puede ver a la misma diáspora como a este enemigo común. Hoy, en pleno apogeo de lo que algunos llaman “el Tercer Templo”, cabe la posibilidad de que una vez eliminada la diáspora, las guerras fratricidas vuelvan a ser moneda corriente de la historia judía. Todo depende de si “el pueblo del libro” es capaz, o no, de aprender del pasado...









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